ficción oriental


La Refracción del Uruguay 1
Septiembre 15, 2007, 6:16 am
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Tigre, 16 de enero de 2005

Llegué ayer de tarde en la Interisleña.
(La orilla de enfrente está despoblada, hay árboles, matas de plantas, juncos, verde sobre el río. Las casas más cercanas están deshabitadas. En medio del rumor, oigo que alguien toca una guitarra dentro de la casa. Desde acá, sentado en una silla opuesta a un árbol que se inclina sobre el agua y sobre el que apoyo los pies, se construye un ambiente sonoro de remanso.)

Ayer, cuando venía en la Interisleña se me cruzó un pensamiento impreciso, viendo a una mujer salir de su “casita en el Tigre”. Tenía que ver con la conquista del hombre de todas y cada una de las geografías, y con este lugar de “descanso”, de lotes comprados, trozos de “naturaleza”; eso y aquello, también, todo aquello del hombre lejos/cerca de Natura y la imposibilidad o no de ser /de sentirse/, efectivamente, un animal –esto parte de extrañas premisas, como todas esas preguntas viejas, muy siglo XIX-; pero también había algo más, una reminiscencia de “crítica económico-social”, relativa al ocio y su compra. En este momento no puedo reconstruir mis pensamientos de ayer.



LRU 2
Septiembre 15, 2007, 6:15 am
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17 de enero

Espero la Interisleña en el muelle para ir hacia el puerto de Tigre. Es de madrugada. La bruma sobre el agua está desapareciendo. [...]

Ruta 21, Carmelo, Uruguay, 17 de enero

Mucha gente saliendo del Delta Cat de Cacciola -el catamarán, nueva adquisición de la alternativa económica al monopolio Buquebús para cruzar a Uruguay por agua-; éramos “como ganado” (dos personas distintas dijeron eso mismo sin escucharse entre sí). Quedé último con un par de familias, tres Chicas Neoliberales y una chica/señora que se les arrimó, con quien hasta hace un momento conversaban. En el micro somos pocos, entonces me despatarro, me saco zapatillas y medias, me cebo un mate y mastico las galletitas Turimar que te da Cacciola. Anoto: «El campo, siempre paisajístico -esta pampa más bella que la de aquel lado del río, más mona- con alambrados y vacas; el pasto un poco seco bajo el sol fulminante». Del aturdimiento del catamarán -donde dormí entrecortadamente, encogido sobre dos asientos duros, repleto de agitación y ruidos de motor- a este placer mullido, en silencio (todos dormitan o miran el campo).

Un domingo de enero,
mi prima dice: «y bueno, sí, somos burgueses»;
un amigo de mis tíos hace un chiste sobre la Revolución.

Vengo de vivir una fantasía ingenua, recuerdo. Salí en la madrugada, hoy, día lunes, en la lancha colectiva que se toma mucha gente para ir a trabajar. De allí tomé el catamarán a Carmelo. La fantasía fue: vivo en el Tigre y me voy de viaje. Como si me hubiera tomado desde mi casa el 132 a Retiro para subirme a un micro larga distancia, pero acá, en lugar del colectivo, iba en la lancha-colectivo; y en lugar de Retiro, el destino era el puerto de Tigre. Sospecho que aconteció en tanto no pasé por Buenos Aires. Y cuando avanzado ya el viaje por sobre el Río de la Plata, cuando en río abierto vimos (todos los pasajeros) ese reciente perfil de ciudad globalizada que le dan los edificios de Catalinas Norte a Buenos Aires -a lo lejos, brumoso y celeste-, advertí aún más ese esquivar la ciudad.
Buenos Aires es demasiado abstracta. Como dentro de ella no hay más que ella (no se ven montañas, ni ríos, ni acantilados, ni nada natural -el Río de la Plata está oculto para nosotros, ya lo sabemos-) parece(mos) carecer de sensualidad. Como si la ciudad no estuviera en ningún lado “real” (como si Buenos Aires sólo existiera dentro de Buenos Aires).

(Recuerdo que llegando al puerto de Tigre vi, apostadas una tras otra en actitud vigilante, decenas de garcitas blancas y garzas brujas -esas garzas compactas, de manto gris plomo o verdoso, con los “hombros” encogidos en una pose siniestra y sus pares de ojos encendidos de rojo bermellón-, como si se tratara de un pequeño ejército natural.)

Veamos: al viajar todo se transforma, pero el viaje es algo continuo y /concreto/, que permite percibir (y hasta disfrutar) esa transformación constante. “Viaje” es una palabra que significa “cambio” y si comprendemos (¿disfrutamos?) un viaje estamos comprendiendo la vida (¿por analogía con su funcionamiento, con su forma?) ¿Es esto tan bobo como suena? No creo poder decirlo de otro modo hoy. Con la idea de viaje encerramos, entonces, dándole un efecto de “esencia continua”, a toda una experiencia en constante mutación /moverse es transformarse/ y si, como quiere la teoría de la narrativa, toda historia implica un cambio, un pasaje de un estado a otro, transformado para ser historia, no es difícil entonces llegar a la conclusión de que, efectivamente, dado que todas las historias son un viaje, viaje es equivalente a cambio. Y en otras palabras y otra dirección: un viaje es una buena oportunidad para cambiar. // El único inconveniente a toda esta festiva autoayuda, es que el viaje sea rigurosamente turístico; esto es, de consumo de experiencia. El turismo es algo demasiado correcto. Donde la experiencia del viaje está codificada de antemano, no hay posibilidad de transformación. Por el contrario, todo espacio ajeno que podría llegar a inquietarnos (y por eso, a transformarnos) acaba por funcionar como refuerzo de nuestro a priori. Entonces, en cierto sentido, ¿el viaje turístico funciona como una forma más de la conquista -una conquista por defecto- gracias a una suerte de gatopardismo -«cambiar para no cambiar»- geográfico? Ja. Desvarié.

(El trío de Chicas Neoliberales despertó y conversa. Si fuera más desvergonzado les pediría algo para comer -cuando salimos de Carmelo le ofrecieron comida a la chica/señora-. Terminé de leer Ema, la cautiva, de Aira. Parece un libro perfectamente escrito para vacación, todo un largo remanso; pura indiferencia, transcurrir sin suspenso. Página 209: «Todo eso, le dijo Ema, era provisorio.»)

Novela
Ahora recuerdo la trama de una novela bastante pretenciosa que escribí entre 1994 y 1996, y que abandoné tras la primera corrección. Contaba la aventura de Gómez, un “pensador” habitante de una hipotética Ostende. Ostende era una ciudad pujante, nacida a fines del siglo XIX sobre la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires, con una particularidad: frente a sus playas, a unos cientos de metros, había una Isla: la Isla de la Casa, que constituía el mito fundante de la ciudad. En la Isla hay una Casa, en la Casa, un Laberinto, y en el final del Laberinto (armado de piezas / habitaciones) se encuentra la Pieza Eterna (fundida, supuestamente, en una blanquísima Nube). Todo muy prometedor hasta ahí, pero el asunto es que no se debe cruzar hacia la Isla, ni entrar en la Casa, menos que menos atravesar el Laberinto y, por supuesto, tampoco alcanzar la Pieza Eterna. «No es tiempo todavía», repiten incansablemente los “predicadores”. Cruzar, entonces, es algo prohibido. La Casa está bajo vigilancia. Castigo mortal a quien quiera acercársele.
(Sí, la novela partía de una especie de realismo mágico regurgitado y berreta, pero no es eso lo que importa ahora. Si narro todo esto es porque resulta necesario para entender un punto al que quiero llegar. Paciencia.)
Sucedía en la historia que Gómez era el único “pensador” de la ciudad. El único “reconocido”, aunque abiertamente mediocre. Un buen día este tipo se anima a publicar un artículo sobre literatura, rescatando a un escritor olvidado. Gómez recomienda, en su columna literaria de domingo, leer (releer, en realidad) a un escritor llamado Gandini. Y allí se desencadena el drama. ¡Parece que con eso basta para que un servicio comience a perseguirlo!
(Todo se nutría de una fantasía adolescente, supongo, que se basaba en una férrea creencia -desesperada y aterida- en la literatura y la moral.)
Y Gómez se va formando la idea de que ha metido el dedo en alguna llaga: a Gandini lo habían “desaparecido” unas décadas atrás. Investiga -en archivos y en su memoria- y llega a la conclusión de que aquel tío al que él tanto quería cuando niño y que un buen día no lo volvió a visitar nunca, no es otro más que el mismísimo Gandini, un “perseguido” por haber intentado cruzar a la Isla. A partir de esto, intuye que quizás no desapareció, sino que se escapó a la Isla, se metió en el Laberinto y vaya uno a saber adónde llegó.
(Sí, la trama sigue siendo siniestra, por lo pueril, digamos, de la “alegoría”. Ahora me ruego paciencia.)
Gómez, que ha venido rompiendo con su entorno tras esta revelación que lo moviliza, decide cruzar hacia la Isla en búsqueda de algo que no sabe bien qué cuernos es: si su tío, la Pieza Eterna (la de la «Eterna Dicha») o alguna otra Verdad. El asunto es que cruza. Sorpresa: nadie vigila la Casa. Gómez entra sin dificultades, y descubre que, efectivamente, la Casa es un Laberinto. Comienza a recorrerlo y tras algunas vueltas llega a una habitación que es un bar, que está en Ostende y en el Laberinto a la vez. Y para su sorpresa, encuentra a Gandini allí dentro, quien, según él mismo le cuenta, está perdido. Gómez, admirador de este viejo tío, le pide que lo acompañe en la búsqueda de la Verdad imprecisa que cree buscar. Quiere llegar a la Pieza Eterna para desmantelar el mito opresor. Gandini acepta, envalentonado, rejuvenecido, y entonces salen ambos dos por la puerta del baño de hombres hacia otra habitación de la Casa. Viven juntos algunas aventuras en el Laberinto, pero al poco tiempo Gandini deserta, haciéndole entender a Gómez que está cómodo allí, en ese espacio intermedio adonde lo encontró. Le cuenta que se la pasa en esa habitación que es un bar en Ostende y en el Laberinto, y que si quiere salir por la puerta no llega a la calle, como el resto de los clientes, sino que entra en otra habitación de la Casa, y por eso permanece allí, en ese limbo. Gómez, frente a esta decisión -que no se anima a vivirla como una traición, pero que la siente así- se decepciona, y en un arranque de furia, intenta volver a Ostende desde el bar, directamente, como si quisiera hacer estallar la ficción; se dirige a la puerta vidriada de salida pero alguien se interpone en su camino (un “servicio”, ja) y lo detiene. Forcejean, Gómez logra zafarse, abandona a Gandini, internándose otra vez en el Laberinto -al atravesar la puerta del baño-, y continúa su búsqueda, la cual a estas alturas más que búsqueda es una huida. Es decir, ya no mira hacia delante, sino hacia atrás. El adelante es sólo un último refugio: la Pieza Eterna.
Al fin, tras diversos avatares da con ella. Gómez se ha ido despojando de todo y en la Pieza ya nada necesita. La pieza es blanca, absolutamente blanca. Según la novela, Gómez permanece allí aún hoy, inquieto, sin siquiera la capacidad de enloquecer o estar en paz.
Y ahora sí, todo esto me lleva a pensar lo siguiente: la historia de Gómez es la de un Viaje-con-una-Misión. Un “intelectual” que busca “su lugar en el mundo”, en esa Ostende aparentemente inhóspita para él, un mundo que “no lo comprende”. Y su Misión se justifica con el pasado heroico del “intelectual desterrado” Gandini; pero como descubre que era un mediocre -tanto Gandini como él, por haberlo idolatrado- advierte que necesita pensar por sí mismo, sobre su realidad. Allí, en ese momento de decepción, es cuando se produce un cambio en la historia. Es decir, hay un chispazo de transformación cuando intenta regresar a Ostende directamente desde el Laberinto (y de haber “reventado” la ficción del Laberinto, Gómez hubiera ayudado también a “reventar” un poco el realismo mágico berreta de la historia). Pero a fin de cuentas, en la novela que efectivamente escribí, Gómez sigue adelante por pura inercia, sin replantearse nada, por lo que no puede más que acabar como acaba: en una habitación blanca, aséptica, indiferente, nada particular, una habitación “en general”. Una habitación escéptica, en tanto no se juega a ser ninguna habitación (como el resto de las habitaciones del Laberinto, que son bares, parques, otros laberintos, dormitorios, escritorios, bibliotecas, despensas, oficinas, cines, etc.).
Lo que aparentemente se juega en la historia -si bien reduccionista, bastante productiva-, esto es, la búsqueda de una Verdad intelectual que desenmascare las ficciones que constituyen y reproducen a una sociedad (Ostende, en este caso; ciudad pujante gracias a su ficción fundamental: la Pieza inaccesible que Gómez pretende encontrar para “desenmascararla”), acaba por neutralizarse, o por lo menos, fracasar. La novela, a fin de cuentas, es el tránsito de un intelectual “heroico” que fracasa. Y fracasa en tanto el tipo de intelectual que es: Gómez, yendo tras esa Verdad, juega el juego impuesto por esa ficción que pretende desmantelar, por lo que no le queda otra más que el escepticismo. El momento clave es aquel que ocurre tras la decepción y el abandono de ese juego de heroísmo para tratar, por primera vez, de intervenir de modo directo en lo “real” que lo circunda. Y no casualmente, eso “real” es la habitación más “ficcional” de todas: el bar que está tanto en el Laberinto como en la ciudad. Pero Gómez no sigue ese impulso, no toma ese camino, porque no alcanza a comprender eso que tal vez necesita; sigue creyendo que tiene que ir hasta la Pieza Eterna, como era su cometido primero. Quizás, luego de un tiempo de estar allí alcance a comprender algo, pero eso no ha sido escrito por mí.
Lo que sí ha sido escrito por mí, intuyo, es una suerte de fantasía novelada de un futuro inmediato posible y temible, asomado con mis 18 años a la vida adulta. Creyéndome “destinado” a un rol intelectual, fui armando una hipótesis a futuro: si me lanzaba a “decir mis verdades” iba a ser reprimido, para superar eso, debía valerme de un reencuentro con el intelectual “modelo”: el intelectual “politizado” de los 70, pero ese reencuentro lo intuía falso en ese entonces, porque esa generación “sobreviviente” y circundante, la intuía, antes que nada, como acomodada espacial y discursivamente –acodada en un bar-. Entonces qué: el miedo pudo más que la furia (o la capacidad crítica de entonces) y no me quedó otra (no le quedó otra a Gómez), que seguir tras esa Verdad religiosa, Moral («este mundo es falso y hay que desenmascararlo»), que me condenó -con cierta lúcida intuición autocrítica-, a una habitación blanca, esto es, al escepticismo puro, donde, por las dudas, no se afirma nada por completo y por lo tanto, nada se niega.
(Y esa habitación blanca está sobre el mar, frente a una playa.)
Por otra parte, todo el “complot” que lo persigue para que él (yo) no cruce (el servicio más otros personajes que ni siquiera mencioné), no es más que un invento de su paranoia y su ansia de heroísmo -anverso y reverso de esa mitología política puesta a funcionar-; en realidad, a nadie le importa lo que él (yo) haga. En la historia, Gómez sólo se arriesga cuando intenta comunicarse desde el Laberinto con la Ostende “real”. Cuando quiere hacer explotar (o implotar) la ficción del Laberinto. Pero enseguida abandona y retoma la carrera sin sentido. A este respecto es que me propuse dudar de esta historia. Y me digo: ¿qué haría Gómez tras su desilusión para no caer en el escepticismo puro de la Pieza Eterna (en el vale todo y el nada vale)? ¿cómo comprendería eso? ¿lo comprendería? ¿lo comprenderé?



LRU 3
Septiembre 15, 2007, 6:15 am
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Montevideo, 18 de enero

[...]
Volví a la casa de Maldonado y Convención -el departamento colectivo de Francisco adonde dormí anoche-, un primer piso con muchos cuartos, cada uno de un joven o una joven uruguayos, cada uno su propio estropicio.

(Hay un olor a pata y a humedad que inunda todo, en particular la escalera y el rellano de la entrada. La cerradura de la puerta de calle está rota y abro con mi navaja. El cuarto en el que dormí estaba revuelto y sucio, más que lo habitual en una casa de joven artista. Bandejas y platos de comida dispersos. Una taza con una costra de café y migas en el fondo. Marquillas de cigarrillo pegadas entre sí en composé. Dibujos a lapicera en hojas de carpeta. Una aficheta de algún evento del mundo del comic. Un cenicero. Una vela sobre una pirámide de cera derretida gris y blanca. Una alfombra raída cubierta de polvo, maderitas, astillas, algún pucho, migas. Etcétera. No interesa. / Sin embargo, es hermoso. Sobre la esquina -es precisamente la esquina con ventanas a ambas calles- el techo alto, cubierto de humedad negra. Entra la luz celestegris de hoy de Montevideo.)

Animal
La térmica del departamento colectivo se quemó y no hay luz desde ayer a la noche. Había un ruido seco, extraño, que apenas noté antes de irme a dormir. Como me iluminé con una vela, no podía ver mucho más allá del entorno de la cama. Pero al despertar, ya de mañana, descubrí qué era: una tortuga en una pecera con muy poca agua, rascaba el vidrio y las piedritas del fondo. Daba la impresión de estar abandonada y desesperada desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, me fui de la habitación despreocupado, pensando en que su dueño volvería hoy.

Sueños de la noche que pasó
1.
Caminábamos hacia abajo por una diagonal de Montevideo empinada con una mujer joven que era madre de una nena pequeña, una especie de muñeco o títere que yo ayudaba a llevar. Yo ponía a la hija en una caja transparente y ella se movía dentro. Tenía un cuello largo con forma de tubo flexible y su cabeza era un círculo plano con un reborde rojo. Parecía una flor de utilería, de jardín de infantes, de obra de teatro berreta para niños. Apoyaba su cabeza, su cara en realidad -porque su cabeza era pura cara-, contra el fondo y me miraba los pies que yo acercaba a ella jugando. Caminábamos. La caja, de súbito, es como de celofán, y advierto que la nena ya no está. Se lo digo a la mujer y corro a buscarla. Veo que en la cuadra anterior, una niña, que va junto a sus padres jóvenes, recoge la muñeca y cruza hacia un auto. Me acerco a ellos y les digo que esa muñeca es mía. La nena hace un mohín, los padres parecen comprensivos. La mujer joven se acerca detrás de mí y dice con tono aniñado: «bueno, me la tienen que dar porque todavía tengo que pagarla». Me doy vuelta y veo que la mujer es ahora una nena alta, rubia, robusta, con un vestido claro. Me parece estúpida. Me escandalizo. ¡Si era la madre! ¿Cómo usa ese argumento mentiroso y fofo para que le devuelvan a su muñeca? ¡a su hija!
2.
Entro en un edificio, aquí en Montevideo, similar al departamento colectivo de Francisco, viejo. Hay una escalera muy larga con pasamanos de madera. Sé que no es adonde debiera entrar, pero subo igual. Llego al final de la escalera, camino por la baranda de un balcón interior de una gran biblioteca, en donde una señora de pelo oscuro, lacio, pegado al rostro casi anciano, pálido, de ojos grandes y extraviados, camina hacia una mesita y toma asiento junto a un joven de rulos (entiendo que es su hijo). Ambos están abstraídos, no se miran. Tienen la vista puesta al frente. La señora, en algún idioma que yo creo cercano al alemán, dice: «El rey (no recuerdo el nombre, pongamos por caso Carlos V) fue lo mejor que tuvimos. Carlos V fue el mejor rey.» Inmediatamente interpreto que habla de un rey (?) que fue “mejor” que el presidente electo-hace-poco Tabaré Vázquez, de esta izquierda rara de Uruguay. El joven repite la misma frase y los dos, sentados uno al lado del otro, dicen una y otra vez lo mismo: «Carlos V fue el mejor rey». Me resultan irritantes, estúpidos. Voy bajando por el pasamanos, paso frente a ellos y no me ven. Los miro, les hago muecas gritando. Se sorprenden, se despabilan. La mujer me mira horrorizada. Me divierte asustarlos, me llena de gozo; pero veo, ya al pie de la escalera, que la mujer levanta el auricular negro de un teléfono y se lo lleva a la oreja derecha. Escapo del edificio. Voy a lo de Francisco pensando que han llamado a la policía. Intento cambiar mi aspecto, no recuerdo cómo, pero algo tengo para cambiar, ¿el pelo? ¿la ropa?

(Ayer a la tarde, en lo de Francisco, hablaba con él y con Martín de no sé qué asunto cuando dije: «Creo que no me equivoco», y al punto, sin decidirlo, bajé la vista hacia una revista Life en español de 1959 que había por ahí abierta y leí: «No te equivocas». Me sorprendió la respuesta, como si la revista se sumara al diálogo. Y encima agregaba: «Tienes buena vista y mejor memoria».)



LRU 4
Septiembre 15, 2007, 6:13 am
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Parque Nacional Santa Teresa, 19 de enero

Guerra

Cuando llegué al predio en el que instalé la carpa, mis vecinos -dos familias con casa rodante y camionetas- conversaban con un gendarme (el Parque es del Ejército Nacional Uruguayo). Eran dos hombres y una mujer de cuarenta o cincuenta y tantos que se quejaban de una carpa de la que provenían ruidos y bullicio hasta las tres de la mañana. La mujer señalaba con el dedo índice en una dirección alejada. ¿A ningún poeta angloparlante se le ocurrió jamás este verso: «this world is a war of words» (este mundo es una guerra de palabras)? Supongo que sí, quiero creer que sí.
Probablemente hasta le debe sonar bastante tonto.

(Y también: «this world is a war of worlds» -este mundo es una guerra de mundos-.)

Incendio

Estoy en la playa casi vacía, apenas apartado del camping.

(Hace un rato había dos ostreros, con sus picos rojos, toscos y alargados, junto a una gaviota capucho café. Formaban un trío que merendaba sobre la orilla, levantaron vuelo juntos y aterrizaron un poco más allá.)

El Parque está aproximadamente en el kilómetro 305. En el balneario La Esmeralda (km.283) hay un incendio forestal que avanza por la costa hacia Santa Teresa. En la Capatacía (sobre la entrada del Parque), vi un cartel que avisaba del incendio y decía que supuestamente iban a poder detener las llamas en el km.284. Mientras tanto, acá, el agua trae vestigios de plantas y árboles quemados. Toda la orilla tiene una delgada cinta negra de cenizas, y las olas se ven moteadas.



LRU 5
Septiembre 15, 2007, 6:12 am
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20 de enero

Día del playa

Estoy en lo alto de un médano sobre la playa Las Achiras, casi vacía. Es de mañana. Hay tres chicas en la orilla, haciendo gimnasia sin ton ni son, ejercicios de colegio secundario, a medias, siempre alguna de las tres abandona o no le sale, pasan de uno a otro sin solución de continuidad y ninguno tiene que ver con ninguno. Me veo tentado a bajar y decirles: «Disculpen, pero les quería avisar que están haciendo cualquiera». Acaba de llegar el guardavidas y afirma una bandera amarilla contra un mangrullo petiso. Una golondrina planea sobre mi cabeza.

(Vi una garcita blanca con sus patas negras y sus pies amarillos, del tamaño de un tero, con el pico negro y corto. Atrapó un pececito plateado y levantó vuelo hacia un grupo de gaviotas capucho café que pace en la arena dura, entre la rompiente y un riacho de agua salada que encierra esa cinta de playa brillante sobre la que las gaviotas se mueven o no con su aire estúpido y hermoso.)

Escribo casi sin ver, con la luz tenue de luna creciente, sentado en unas rocas que bordean la playa desierta. Refucila en el sudoeste, sobre el mar y la costa, y también hacia el oeste, tierra adentro. La tormenta aún no llega, pero tal vez tenga que salir disparado hacia la carpa.
Éste es un lugar perfecto para coger. La temperatura es de 20/25 grados y el viento es brisa marina. Y no hay nadie
/ y no hay nadie!



LRU 6
Septiembre 15, 2007, 6:11 am
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21 de enero

Insectos en la arena

Hoy tapé un hormiguero en la arena, mientras me preguntaba si, cuando la marea subiera, no se ahogarían -ahí, en la playa- esas irritantes hormigas coloradas. Enseguida apareció otro agujero (o yo no lo había visto); lo tapé. Y luego otro un poco más lejos. Ése no lo tapé. Quise reencontrar el anterior; excavé con un pedazo de corteza pero no pude encontrarlo, había desaparecido.
Un rato antes, con una ramita a modo de pata de insecto gigante, rescaté a un bicho víctima de una hormiga cuatro veces más pequeña que él. Después metí la ramita en el hormiguero. Cuando la saqué, tenía dos hormigas prendidas a ella con furia. La sacudí y las hormigas cayeron en la arena. Ahí comenzó mi destrucción sin sentido del hormiguero.
Ahora que apunto todo esto, reverbera una especie de alegoría que leí hace poco: pienso en Gombrowicz (según su Diario Argentino) “ayudando” a escarabajos dados vuelta en las playas de Necochea, exhausto, sin poder volverlos a todos, para “salvarlos” del sol que les quema el vientre, urgido por la moral que le dice que para ser Moral debe ser Universal. Gombrowicz pensando que tiene que “salvar” a todos los escarabajos. Y súbitamente abandona. El dilema de “frente a cuál escarabajo detenerse” no tiene solución, por eso, simplemente, se detiene. Pero ese abandono -que juzga arbitrario- lo vive como algo ajeno. Como una imposibilidad impuesta -acoto yo-. Y luego reflexiona amargamente y anota: poseo una moral limitada, arbitraria, fraccionada, granulada. Arenosa. Y yo acá ni eso. Destruyo el hormiguero y “salvo” a un bicho cualquiera, al que dejo por ahí cerca -en cualquier momento lo atacan otra vez-. Y ni causa gracia ni es grave. No es nada.
(Al mediodía, en otra playa, me picó una hormiga colorada. La maté contra la arena y la enterré.)
Supongo que el problema viene -más para Gombrowicz, que para mí- del hecho de estar solo en la playa. O mejor: de creerse solo en un desierto -una playa-, y de creer, además, que ese desierto es el mundo.
Y ahora pienso: la alegoría moralista de WG, consiste en igualar a los hombres con escarabajos, pero Gombrowicz no se vuelve escarabajo, sino que es -según sus propias palabras- un “gigante inaccesible” para el escarabajo, y además, un gigante que lo “salva”. Entonces qué, WG, ¿es usted Dios y nosotros/los Otros, escarabajos? ¿pudo un escarabajo afirmarle a ciencia cierta que efectivamente necesitaba ser “salvado” del sol? ¿y que necesitaba ser “salvado” por usted?
Es que Gombrowicz parte de la Moral y, por más que llegue a una supuesta demostración de su “inaplicabilidad práctica”, no puede abordarla, porque la Moral parece superarlo. Quizás haya algo que yo no haya entendido, algo del tono, del contexto del Diario; quizás me lo tomé demasiado en serio. Pero sí entiendo que yo no puedo partir de La Moral. Así, con mayúsculas. La vivo como una gran ceguera. No tiene sentido para mí. Y qué tiene sentido para mí.
(La alegoría, ahora, reverbera de otra forma.)

(Quiero volver a Montevideo. No da para más la playa vacía. Leer ahí, “tranquilo, solitario” -agh-. Si me quedo, enloquezco.)



LRU 7
Septiembre 15, 2007, 6:10 am
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Montevideo, 22 de enero

Novela II (o El novelista)

Otra vez en el departamento colectivo de Francisco. Desayuno solo, en silencio. La cocina y el comedor están plagados de puchos de tabacos o tabacos a medio fumar. Hay una tuca en el cenicero de plástico amarillo con una boquilla improvisada de cartulina. Sobre una heladera General Electric en desuso, una planta de marihuana crece en la zona más iluminada de la cocina; tiene una gran ventana detrás. Aunque la luz no entra directamente -no se ve el sol-, la cocina resplandece. Es una mañana límpida. Prendo la radio. Un actor, autor o director teatral habla sobre una novela suya recientemente editada, y una mujer lo entrevista con cierta ingenuidad (oigo ahora que se llama Pablo Arocena). Su novela editada por Planeta, según la conductora, ya es un éxito.
La novela parece que habla de una supuesta familia fundacional uruguaya; arquetípica. Y el tipo se permite decir con aire indignado o sorprendido que hay gente que no sabe de qué familias desciende. Y luego: «todos descendemos de 30 o 50 familias fundacionales». ¿Todos, quiénes?
Ahora ella hace hincapié en lo que es ficción y en lo que es… verdad, dando por sentado que la ficción es equiparable a la mentira, o por lo menos, a lo “falso”. Y él (¡el novelista!) le sigue el juego -dónde hay menos creación propia, dónde con más miedo actué-, al hablar sobre un personaje que refiere, en clave, a un personaje histórico-famoso del Uruguay. Le daba miedo porque tenía que lidiar con un “personaje real”. Le daba miedo, entiendo, porque considera que “crear” es “inventar”. Sacar algo de la nada que oculta lo real: mentir. Y él, claro, no quería mentir.
A título de nada, la conductora improvisa: «La sencillez es lo más aristocrático dentro de lo aristocrático». Y él le retruca: «Aristocracia, no. Nunca hubo aristocracia». Breve silencio de la conductora, algún titubeo. Y al fin, el duelo lingüístico se dirime acordando en el término «patriciado». Pero en seguida él, con afán perfeccionista, dice que “los nuevos” se asimilaban rápido al patriciado: «claro, si hacían dinero». Por lo que ni patricios, ni aristócratas, de súbito, lo que había en el Uruguay de otrora era una «plu-to-cra-cia».
Y Arocena llega hasta a elogiar «la vida casi espartana de algunos de sus miembros». Y claro, habla de su padre -o su abuelo, no entendí-: Ramón Arocena era un comerciante. Cuando él era niño, dice, la palabra comerciante tenía un sentido peyorativo. Y ahora él se pregunta: «pero ¿por qué? Si venimos de una familia comerciante. Claro, esto viene de la cultura hidalga española, que despreciaba el trabajo». Y en algún momento aclara -enmienda que interpreto como una aclaración culposa- que los Arocena Blanco, su familia, perdieron sus tierras en el incendio de la Barraca de 1909. Pobrecitos.



LRU 8
Septiembre 15, 2007, 6:09 am
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23 de enero

Jimena, una actriz, cuenta que hace unos días fue al Teatro de Verano a ver/oír a las murgas. Y dice que todas todas todas están en lo mismo. Arrancan aplausos demagogos. El tema de los desaparecidos como un leitmotiv estancado, autocomplaciente. Las críticas políticas no son críticas, sino regodeos en un supuesto pasado heroico. Y si quieren humor, caen en los chistes verdes del año de ñaupa. Sólo una murga se salvaba de esto, pero no recuerdo cuál (una que canturreaba la pregunta: ahora que ganó el Frente, ¿qué vamos a criticar?). Después dijo que lo único recomendable y visible eran las murgas de octubre. Las de la Semana Joven (o algo así), en donde están las murgas más nuevas, que hablan desde otro lugar, y que tratan de entender qué pasa a nuestro alrededor y no viven pegadas a una doctrina acrítica de izquierda senil.



LRU 9
Septiembre 15, 2007, 6:08 am
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24 de enero

Lectura
Recién leí uno de los libros argentinos que le regalaron a un amigo en un encuentro de poesía en Chile del año pasado: un libro de poesía editado por Eloísa Cartonera. Pocas palabras en mayor o menor medida concretas, todas con tono de observación o comentario. Supuestos haikus.
Quizás no me animo a pensar / a escribir lo que pienso, porque estos pensamientos no tienen aún la categoría de “crítica razonada”: el libro, como muchos otros libritos parecidos que se escriben desde hace unos años, me resultó aburrido, canchero. “Espontáneo”. Acrítico. Un representante de estos libros escritos desde fórmulas tipo composición tema la vaca. Fórmulas traducibles en: voy a escribir una serie de poemas sobre lo que sea, siempre y cuando sea una serie. Estos libritos no parecen ser escritos porque se necesite escribir eso, aún no sabiendo bien qué es eso, sino que parecen ser escritos para ser publicados. ¿Sensibles? Tampoco. ¿Sencillos? No, melifluos. Este libro me ha irritado, sí. Y creo que tengo miedo de escribir todo lo que pienso porque no haré otra cosa más que destruirlo, cosa que a todas luces, dista mucho de un “ideal crítico”. No quiero ser injusto, pero me pregunto y me pregunto por qué la recurrencia de estas impresiones sobre estos libros. Por más que siempre desconfío de mí, también sería justo confiar. Porque no es este libro solo. Hay toda una parva de escritos que se escriben como este libro. Para no significar nada. Libros escritos por estar escritos. Y ahora pienso eso, incluso, de “mi primer libro”. Aquello que yo quería “significar” en 1999, aquello sobre lo que supuestamente “trabajaba” en “mi obra”, ¿qué era? ¿una treta para no decir algo frontal? Y lo que estos libros “significan”, en realidad, me resultan relaciones melifluas frente al mundo del lenguaje (es decir, por extensión, frente al mundo). Posiciones cómodas, o peor, acomodaticias. No veo conflictos ni riesgos. Como si tuvieran miedo de significar algo. De siquiera decir algo. (No sea cosa que alguien se pare en algún lugar para decir lo contrario.) Lo que sea, pero algo.
Y una pregunta entonces: ¿cómo leen estos libros la literatura que los precede? ¿cómo leemos nosotros? (que es lo mismo que preguntarnos cómo escribimos).
Y pienso: el año pasado leí Ferdydurke, de Gombrowicz, libro que me pareció, antes que una novela, una suerte de extenso poema sobre el lugar de la juventud, sobre su funcionamiento en una sociedad en crisis. Más allá de que en el final la maravillosa cosa que viene siendo la novela se pone un poco chirle, me quedó resonando una imagen: el tío del narrador, un aristócrata venido a menos, siempre respirando contra alguien o algo. Cuestión que me llevó a preguntarme en ese momento de la lectura: ¿contra quién respiro? ¿contra qué respiro? Y hoy, con otras palabras: ¿contra qué escribo? Pregunta esta última que reclama otra: ¿contra qué leo?

Incendio II
Hay un nuevo incendio en la costa uruguaya. Ahora en Punta del Diablo (el anterior, el de La Esmeralda, ya ha sido controlado). Se acerca también a Santa Teresa, de donde vine hace días, y donde han evacuado ya a 4.000 personas. En Punta del Diablo parece que hay unas 13.000 (mayoría turistas). El noticiero repite hoy de noche la misma información de la tarde: Punta del Diablo incomunicada, sin agua potable y sin luz, encerrada por el fuego y el humo; en el supermercado, racionando el agua y las velas, vendían un litro y una vela por persona. Y parece que ayer el agua salía 11,50 y hoy 15 pesos uruguayos.
Me imagino a todos los turistas argentinos y uruguayos bronceados, con sus ojotas y sus protectores solares, a los grititos limpios, desesperaditos por agua o porque alguien los rescate.

(Leandro mira un partido Uruguay-Brasil del Sub-20. Empatan 2 a 2. Están en el entretiempo. Es el codificado: se ve en blanco y negro y con lluvia, como tentándote a adquirir el servicio.)

En el noticiero habla Pepe Mujica, un tupamaro que hoy es ministro. Un personaje medio imposible en Argentina. Esto me recuerda algo que apunté en un viaje anterior a Montevideo (2003), cuando una periodista uruguaya me preguntó, “en mi condición de argentino” (SIC), cómo era vivir en una sociedad decididamente “capitalista/neoliberal”: «¿Los montevideanos se creen que son una versión, quiero decir, que son una versión atenuada, mejorada, o peor aún, marginal, del mundo capitalista y globalizado?».



LRU 10
Septiembre 15, 2007, 6:08 am
Archivado en: La refracción del Uruguay

25 de enero

Estoy en la playa. Son las 18.30. El cielo está descubierto por completo.
Una fantasía de la que desconfío me nutre ahora: vivir en Montevideo. Como si fuera el paraíso del intelectual y/o artista de izquierda/progre joven, un espacio soleado donde “discutir” de política y pasarla bien. Todos mis amigos que viajan a Montevideo dicen lo mismo (que es lo mismo que pienso yo): «cada vez que vuelvo de Montevideo, vuelvo con ganas de vivir allá». ¿Montevideo es la síntesis de ciudad y playa que parecemos necesitar? ¿Es Buenos Aires, al fin, con su mar? ¿Una ciudad real e histórica -geográficamente hablando-? ¿Un contexto para revitalizar una vida sosa? Todo esto suena a la vez grave e ingenuo.

(Hay una completud estando al sol. ¡El cuerpo es mundo! El cuerpo es intemperie, sí.)