ficción oriental


LRU 6
septiembre 15, 2007, 6:11 am
Archivado en: La refracción del Uruguay

21 de enero

Insectos en la arena

Hoy tapé un hormiguero en la arena, mientras me preguntaba si, cuando la marea subiera, no se ahogarían -ahí, en la playa- esas irritantes hormigas coloradas. Enseguida apareció otro agujero (o yo no lo había visto); lo tapé. Y luego otro un poco más lejos. Ése no lo tapé. Quise reencontrar el anterior; excavé con un pedazo de corteza pero no pude encontrarlo, había desaparecido.
Un rato antes, con una ramita a modo de pata de insecto gigante, rescaté a un bicho víctima de una hormiga cuatro veces más pequeña que él. Después metí la ramita en el hormiguero. Cuando la saqué, tenía dos hormigas prendidas a ella con furia. La sacudí y las hormigas cayeron en la arena. Ahí comenzó mi destrucción sin sentido del hormiguero.
Ahora que apunto todo esto, reverbera una especie de alegoría que leí hace poco: pienso en Gombrowicz (según su Diario Argentino) “ayudando” a escarabajos dados vuelta en las playas de Necochea, exhausto, sin poder volverlos a todos, para “salvarlos” del sol que les quema el vientre, urgido por la moral que le dice que para ser Moral debe ser Universal. Gombrowicz pensando que tiene que “salvar” a todos los escarabajos. Y súbitamente abandona. El dilema de “frente a cuál escarabajo detenerse” no tiene solución, por eso, simplemente, se detiene. Pero ese abandono -que juzga arbitrario- lo vive como algo ajeno. Como una imposibilidad impuesta -acoto yo-. Y luego reflexiona amargamente y anota: poseo una moral limitada, arbitraria, fraccionada, granulada. Arenosa. Y yo acá ni eso. Destruyo el hormiguero y “salvo” a un bicho cualquiera, al que dejo por ahí cerca -en cualquier momento lo atacan otra vez-. Y ni causa gracia ni es grave. No es nada.
(Al mediodía, en otra playa, me picó una hormiga colorada. La maté contra la arena y la enterré.)
Supongo que el problema viene -más para Gombrowicz, que para mí- del hecho de estar solo en la playa. O mejor: de creerse solo en un desierto -una playa-, y de creer, además, que ese desierto es el mundo.
Y ahora pienso: la alegoría moralista de WG, consiste en igualar a los hombres con escarabajos, pero Gombrowicz no se vuelve escarabajo, sino que es -según sus propias palabras- un “gigante inaccesible” para el escarabajo, y además, un gigante que lo “salva”. Entonces qué, WG, ¿es usted Dios y nosotros/los Otros, escarabajos? ¿pudo un escarabajo afirmarle a ciencia cierta que efectivamente necesitaba ser “salvado” del sol? ¿y que necesitaba ser “salvado” por usted?
Es que Gombrowicz parte de la Moral y, por más que llegue a una supuesta demostración de su “inaplicabilidad práctica”, no puede abordarla, porque la Moral parece superarlo. Quizás haya algo que yo no haya entendido, algo del tono, del contexto del Diario; quizás me lo tomé demasiado en serio. Pero sí entiendo que yo no puedo partir de La Moral. Así, con mayúsculas. La vivo como una gran ceguera. No tiene sentido para mí. Y qué tiene sentido para mí.
(La alegoría, ahora, reverbera de otra forma.)

(Quiero volver a Montevideo. No da para más la playa vacía. Leer ahí, “tranquilo, solitario” -agh-. Si me quedo, enloquezco.)

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