ficción oriental


Apunte sobre la melancolía
septiembre 15, 2007, 3:49 am
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Releo Aspectos de la novela, de E.M.Forster. En la página 61, refiriéndose al deseo de amor eterno e inmutable (ilusión que niega la necesidad de una voluntad para que algo perdure), dice: «Toda emoción fuerte lleva consigo la ilusión de la permanencia, y los novelistas han sabido utilizar eso».
Ayer conversaba con un amigo actor que me contaba una idea para una obra teatral. La obra tenía, como rápidamente advertí, un tono melancólico rotundo. Le pregunté entonces por eso. Me dijo que él gustaba de ese sentimiento. Que las películas y obras de teatro que más le atraían eran aquellas que lo sumergían en ese estado de tristeza no desgarradora.
Uno ambas ideas y llego a otra: el arte melancólico -nuestras canciones, nuestras películas, nuestros poemas-, basado en esa emoción (en tanto algo es pregnante siempre y cuando pueda generar una emoción, cualquiera sea), conlleva, como dice Forster la ilusión de permanencia. ¿Pero cuál es esa ilusión? La ilusión de la inmovilidad melancólica. Salimos del cine sin llorar, pero tristes, y miramos la calle Corrientes con una nostalgia de algo desconocido, desaparecido. Pero en el fondo nos despreocupamos, en tanto «nada cambiará, no habrá necesidad de estar ojo avizor»; es decir, no habrá que hacer esfuerzos, porque la melancolía nos exime del cambio. La inmovilidad melancólica, ese sentimiento inconfesadamente deseable, es la realización emocional de la resignación a la inmovilidad. En el regodeo melancólico, «nos cortamos las piernas».

Buenos Aires, 4 de abril de 2005



Fin de curso
septiembre 15, 2007, 12:48 am
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(Somos como la nenita de «La Historia Oficial» -ese teleteatro-: mamá cayéndose del catre y papá violentándose porque mamá duda. Nosotros, acurrucados cantando una canción.)

En una agenda de 1996 había apuntado algunas cosas durante los últimos días de mi estadía en el secundario. Entre ellas, encontré el final del discurso que una Autoridad Escolar había pronunciado el último día, montado a una intervención de otra Autoridad Escolar.
Ese último día terminó así:

Autoridad 1: «…bla bla bla… [habla sobre nuestra partida del colegio para nunca más volver] …nos da mucha tristeza… (hace una pausa) Silencio, vista a la bandera.»
Autoridad 2: «Posición de firmes.»

Luego de reirme un rato, seguí revisando la agenda. Encontré una proliferación de despedidas y dedicatorias de mis compañeros y algunos docentes. Algunas me generaban risa, otras ternura, muchas indiferencia. Pero hubo una en particular que me sorprendió, porque la había olvidado, a pesar de recordar súbitamente, en cuanto me reencontré con ella, que se trataba de algo cualitativamente diferente a todas las otras, y que me había generado, en su entonces, una sensación de extrañeza muy grande. Era la dedicatoria-despedida de un compañero, testigo de Jehová, con el que solíamos discutir en las clases de Economía Política para lograr que en la clase sucediera “algo”, “algo” que fuera suficiente como para que la profesora no nos diera trabajo (de más está decir que esa profesora, en particular, sabía poco y nada acerca de Economía Política, en tanto sólo había estudiado Contabilidad, pero bueno, allí estaba frente al curso haciendo lo que podía). En ese entonces teníamos la estrategia de parodiar una discusión político-económica (el era Cavallista y yo anti-Cavallo) que matenía, de a ratos, entretenido al curso (y a nosotros también, claro). Intuyo que, por más “paródico” que fuera ese juego, algo de nuestros pareceres y posicionamientos empezaban a ejercitarse tímidamente, como si fuese, para nosotros, la única forma de tener una discusión política: haciendo como si en realidad no creyéramos en lo que decíamos, poniendo en suspenso, una vez terminada la clase, nuestras diferencias. O en realidad, al revés: sólo en el ámbito de “la clase de Economía Política” podían surgir las diferencias. En “lo cotidiano” (el recreo más las otras materias, que ya en 5º año son casi un largo recreo ininterrumpido), no teníamos ni ganas ni fuerzas para discutir. Deliberadamente, no queríamos discutirnos. Sobre todo porque “en lo cotidiano” nos divertíamos muchísimo. (Y además, a esa discusión siempre la intuíamos ajena. No dejaba de ser, en gran medida, una representación para satisfacer la mirada de un adulto. En este caso, la profesora.)
Ahora bien, de la dedicatoria de mi compañero quiero citar la postdata, la cual parece venir a confirmar la regla que sostiene que siempre lo verdaderamente importante se deja para el final -para la postdata- y que todo el cuerpo de la carta (porque a fin de cuentas su dedicatoria estaba armada como una carta) no es más que una excusa para poder llegar a animarse a escribir lo que está ahí latiendo, y que sólo puede salir cuando estampamos la firma, cuando parece no haber vuelta atrás, y entonces, claro, bueno, hay que agregar una postdata, porque aquello que no se dijo, descubrimos que viene siendo crucial. Y esa postdata decía (dice) lo siguiente: «Voy a sonar como un padre, pero Gaby, no cuestiones tanto las cosas, disfrutá de la vida que es hermosa. Y si llegara a haber una dictadura, abrite, no quiero perderte como en otros tiempos.»

Lo extrañísimo del caso, leído ahora, es que para nada, según interpreté yo, era eso una amenaza ni un llamado de atención ni una orden; sino todo lo contrario: esa postdata salía de lo más auténtico de él, de su interés por cuidar sincera y hasta desesperadamente de otro, en este caso, de mí.
Releída, esa postdata tiene un costado siniestro, y es precisamente ese costado el que me interesa desentrañar para conjurarlo. En esas frases parece estar resumida nuestra mitología política. Incluso, mi compañero tenía la incierta lucidez suficiente como para intuir que “estaba sonando como un padre”, es decir, que esa reflexión no era del todo rotundamente propia. Pero lo que la movía, agrego ahora, sí era bien propia: el miedo naturalizado a la acción política.
Y lo más siniestro: ese “perderme” ya había ocurrido. La sintaxis lo dice todo: “no quiero perderte como en otros tiempos”… ¿cuándo me había perdido? Yo tenía 18 años y nos conocíamos apenas hacía dos. Era tan fuerte el temor a “lo político”, estaba tan internalizado, que el futuro ya había sucedido. A mí ya me había perdido una vez. Yo, delante suyo, era un potencial “desaparecido”. En realidad, era un muerto-vivo, un “desaparecido” resucitado que, en tanto tal, estaba condenado a morir otra vez. Era tan fuerte su miedo al pasado, que no podía ver de otra manera el futuro. Para él, el futuro era/sería el pasado. Lo cual encarna la forma del terror que paraliza: cuando el horror pasado ES el único futuro. (Cuando el futuro ES el pasado.)
Intuyo que esto sólo puede ser una suerte de constatación, gracias a una mirada retrospectiva, de nuestra mitología política puesta a funcionar en el umbral formal de la adultez: en los últimos días del secundario, cuando ya no nos quedará más que jugar el rol que nos toque jugar, atravesados por el ideal adulto/político, mi compañero me augura un futuro negro. Y para él mismo, además, en el cuerpo de la carta, se pronostica un futuro de cambio radical, también relacionado con lo político («Estamos al final de una etapa muy hermosa, ahora empieza otra, también muy linda, pero con más responsabilidad y con más injusticia…» / «…pero lo importante va a ser que voy a poder ser lo que me gusta, ayudar a las personas, de un modo diferente quizás [supongo que se refería a “mi modo” diferente de “ayudar”], pero para mí esto es la verdad, estoy seguro y voy a luchar por lo que vengo luchando ya casi hace 18 años, con algunos errores, pero todo se mejora.»).
Para cerrar esto de algún modo, me interesa señalar que casi el único debate político -o su parodia, o su ensayo- en un aula de 5º año de un secundario privado de medio pelo de la zona sur del Gran Buenos Aires en 1996 -con todo lo que eso pueda significar- , pudo ser tibiamente realizado por un testigo de Jehová y un ateo de herencia híbrida (por luterana y católica).
No es para generalizar nada, sólo pretendo aportar ese dato y su anécdota, que parecen decir mucho acerca de cómo algo se pone a funcionar y se reproduce. Y esto, creo, es lo importante: escribir esa postdata, para él, lejos de ayudarlo a tomar conciencia de su terror, colaboró en su afirmación más honda. En otras palabras: imagino esa postdata como un acta de defunción de y para ambos. Y no es casual que las actas de defunción sean firmadas y recibidas por personas vivas: precisamente por eso, la metáfora adquiere sentido.

Buenos Aires, 20 de noviembre de 2005



Apunte final
septiembre 15, 2007, 12:34 am
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Si el pasado opera, es porque hay un presente, y hacia él es que nos dirigimos cuando pensamos el pasado, y no al revés. En cierto sentido, la construcción del pasado viene después del presente, en tanto “deriva” de él. La linealidad de pensar el pasado como “lo anterior” -eterno y continuo- y no como una construcción del presente, es decir, la naturalización de esa ficción (ficción que elabora y pone a funcionar nuestros conflictos actuales, la que nos da herramientas/prejuicios para vivir hoy) coarta, a la larga y a la corta, la vivencia /plena/ de nuestro presente.
Entonces el problema nunca es decir algo que ya se ha dicho, sino cómo decirlo hoy. En tanto con la palabra aprendida se puede tanto estar como no estar, da la sensación de que fuera necesario, para nosotros, escribir todo de nuevo. Reescribir. No tachar. No borrar. Ni siquiera subrayar. Reescribir. Volver a darle “sentido al mundo”. Reunirnos y acordar el significado y el valor de cada palabra, rescribiendo nuestro contexto -discutiéndolo-. Estamos saturados o vacíos de sentido, que son las dos caras de la misma angustia.
Tras haber experimentado el cinismo y la desesperación, descubro que es preciso volver a nombrar y nombrarnos, construyendo ese código renovado de comunicación entre todos. Un libro que nos espera ahí, enterrado sobre la pampa.

Buenos Aires, 26 de marzo de 2005




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